Páginas vistas en total

domingo, 19 de febrero de 2017

Saboreando la victoria

Como ya he dicho en alguna ocasión, la simple proeza de finalizar una maratón siempre te convierte en vencedor. Independientemente de la marca que hagas. Para la mayoría de los mortales, supone una lucha de entre 3 y 5 h contra la adversidad, los problemas físicos y el dolor.
 
Yo he completado mi decimonovena, y no puedo estar más contento. Ahora lamo mis heridas, cual perro vagabundo al que han apaleado, con una tremenda satisfacción. Y eso a pesar de que he quedado a 20 minutos de mi mejor marca.
 
La carrera ha sido un poco estresante, pues hasta 15' antes de la salida aún no nos habían dado el dorsal, recogido ayer por un corredor amigo que durmió en Sevilla. Ya salimos un poco precipitados y desconcentrados.
 
El hecho de inscribir a 14000 personas tiene sus inconvenientes. Es muy bonito ver una ingente masa humana ocupando las calles de Sevilla, pero cuando sales te encuentras con un tapón de corredores que impiden que corras cómodo y que alcances tu velocidad prevista de crucero.
 
Muchos corredores con marcas peores que la tuya se colocan delante, o engañan en la mejor marca que poseen, colocándose en un sitio que no les corresponde. Eso hace que creen un embotellamiento.
 
 
Hasta el km 10 no pude correr un poco menos agobiado. Ya estaba fuera de tiempos para acercarme a mi mejor marca y opté por conservar mis pies, que sabía que a la postre decidirían la carrera.
 
Además una humedad ambiental cercana al 100% acompañada de viento hacía el día poco propicio a aventuras. Afortunadamente no nos cayó ni una gota. 

 
 
Llevo arrastrando una dolencia desde hace 1 año que me trae por la calle de la amargura. Lo soslayo entrenando casi siempre por tierra y arena ( en la playa), pero cuando me enfrento al asfalto, y en la piedra sintética, es un calvario. Te lo devuelve todo. Es una tendinitis del tibial posterior del pie derecho y una metatarsalgia del izquierdo, que traducido al Román paladino "que los pinreles me duelen una jartá", así nos entendemos.
 
Ya lo había experimentado en la Media Maratón de Córdoba, donde a partir del 10 el dolor me hizo perder muchos segundos, pero aquí el sufrimiento acaba relativamente pronto. En cambio en la maratón no ha hecho más que comenzar.
 
 
Aquí ha sido donde realmente he sufrido un auténtico suplicio. Pasé con aceptable tiempo los 21 km (1 h 35'), pero a partir del 25 mis pies dijeron que no podían más y a pesar de ir embadurnado en crema analgésica, el efecto se fue disipando y el dolor se hizo insoportable. Cuando vi que me quedaban por delante 17 km, todos los maleficios se cernieron sobre mí. Hice de tripas corazón y me encomendé a todo el santoral.
 
La sensación era de 2 martillos pilones golpeando con cada paso mis tullidos pies. Y yo suelo batir a unos 3 pasos por segundo, 180 cada minuto, 37000 pasos en esta ocasión. 
 
Se me caían 2 lagrimones del dolor, y he tenido que echar mano de mis mejores recursos. Mi experiencia, la famosa frase "no hay dolor", acordarme de mi familia (de los que están y de los que no), de los amigos que me seguían en directo, y por supuesto de la imagen del Prado Redondo tras una cencellada a -15ºC con un grupo de caballos al galope, el olor del rocío mañanero en el Collado Verde, o la cristalina y fresca agua de la Fuente del Villarejo.
 
En cuanto a los amigos y familiares que me seguían tengo que decir que mi gran amigo Carlos, maratoniano como pocos, fue el primero en felicitarme mandándome mi tiempo oficial al móvil. Me ha seguido de principio a fin. Ahora arrastra problemas en su rodilla, pero él fue uno de los "culpables" de que lleve 19 maratones y más de medio centenar de medias maratones, y tengo pendiente terminar con él una maratón y fundirnos en un abrazo. Y encima es colchonero y compañero de trabajo, no se puede pedir más. Es un gran seguidor del blog y para mí no habrá más satisfacción que verlo correr de nuevo. Ánimo campeón y Aúpa Atleti.
 
También ha sido muy gratificante el constante aliento de los sevillanos en todo el recorrido, con una organización modélica, y de varios compañeros de entrenos, que han sido cruciales para levantar el ánimo (gracias Pepe y Luis).
 
La hemorragia de segundos perdidos y de dolor ha sido tremenda en los últimos 10 km, pero en esos momentos es el corazón en que te hace seguir. Ves como yendo perfecto de fuelle, sin apenas esfuerzo, no puedes ir más rápido y te pasa hasta el apuntador.
 
La llegada a meta siempre apoteósica, tullido de dolores pero con la satisfacción del deber cumplido.
 
Ahora mis pies están más rojos que un tomate, hinchados, con alguna llaga, tengo un hematoma subungueal (una uña más negra que el carbón que perderé próximamente) y lo que más me consuela es quitarme los calcetines y ponerlos sobre el mármol frío. Pero soy feliz.
 
Pero pasado mañana ya he quedado para correr de nuevo con mi compañero habitual, para soltar piernas y liberar todo el ácido láctico y detritus acumulados en nuestros músculos. Él siguió mis consejos y triunfó con un magnífico tiempo y con espectaculares sensaciones, lo que me alegra enormemente.
 
Y hablaremos de batallitas junto al resto de corredores, quizás pensando que podemos repetir el año que viene.